Cuando una puerta se cierra, otra se abre.
Es una verdad universal, aunque haya ocasiones en las que no somo capaces de encontrar la siguiente puerta, ahí está.
Cada vez que te topas con una nueva puerta te haces consciente de que conlleva la incertidumbre de qué encontrarás tras ella. ¿Será agradable? ¿Me causará dolor? ¿Me quedaré ahí? ¿Huiré aterrada? Haya lo que haya sólo hay una forma de descubrirlo y es atravesando la puerta. Y para ello es mejor ir armado con tu mayor positividad y fuerza.
Si al atravesar la puerta lo que encuentras te hace sufrir, muchas veces te acurrucas en un rincón de la sala y te dejas consumir hasta que la oscuridad te ciega. Pero como bien he dicho antes... siempre hay otra puerta que se abre, y en ocasiones sucede cuando menos te lo esperas o incluso se abre tras de ti haciéndote perder el equilibrio cayendo a una nueva estancia en la que, de nuevo, todo luce a tu alrededor. Te levantas y contemplas cuanto te rodea en busca de la fuente de luz y, cuando la encuentras... ya no quieres escapar, solo acercarte más, empaparte de todo y poco a poco te dejas llevar.
Al fin has llegado a tu puerta final. Todas las cosas que has experimentado en tu largo camino quedan resumidas en lo que ahora eres. Da igual haber sufrido, porque también has reído; no importa que algo acabase, porque algo mucho mejor empezará.
Cada paso que das en la vida te enseña a apreciar lo que eres merecedor de tener. Y eso es algo que siempre, siempre llega.
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