Ayer me di cuenta de lo triste que puede ser para algunas personas el cumplir años.
Cuando nacemos, toda nuestra familia marca en los calendarios de toda su vida futura ese día y, año tras año, todos ellos se acuerdan de nosotros por muy lejos que estén (bueno, a los más despistados hasta se lo perdonamos). Incluso se esmeran en hacer de ese día NUESTRO DÍA con nuestra comida favorita, regalos, visitas y mayores atenciones.
El día de nuestro cumpleaños es un día feliz. Sin embargo, hay personas que, cuando ven acercarse el cumpleaños a ciertas edades, se entristecen, deprimen y lamentan. Echan la vista atrás y se recriminan haber hecho determinadas cosas, se arrepienten de no haber aprovechado oportunidades, de haber perdido amistades o personas para ellos importantes; y comienzan a pensar que tras tantos años no han vivido.
Cuando ayer me golpeó esa realidad proveniente de quien menos lo esperaba, me di cuenta de que la gente olvida muchas veces el verdadero significado de las cosas. El cumpleaños es un momento de celebración de la vida, de la alegría, de la lucha por vivir, por enfrentarse al mundo. Todos cometemos errores a lo largo de ella, dejamos escapar oportunidades o nos arrepentimos de haber perdido un precioso tiempo con algo/alguien inadecuado. Pero cumplir años, sean los que sean, significa tener más experiencia, más logros que pérdidas, haber tenido más gente a tu alrededor, haber luchado por tener lo que tienes y, a pesar de las dificultades, lograr seguir ahí viviendo lo que en su día fue el momento más feliz de la vida de alguien.
En la vida todos vamos aprendiendo y, año tras año, celebramos que seguimos viviendo y mejorando. Sumar años significa tener opciones entre las que elegir, y es mucho mejor el camino de luchar, vivir y disfrutar por hacer de nuestra vida lo que queremos recordar. Porque al fin y al cabo...
Sólo es un año más.
