Hasta hace poco no había conocido el poder que pueden ejercer algunas personas sobre otras. Por supuesto hablo al margen del poder político, económico y demás variantes que forman parte de la sociedad en la que vivimos.
Me refiero a esas personas que tienen el poder de devolver sonrisas cuando sólo tienes ganas de llorar. Personas que con sólo un gesto te llenan de fuerza, te dan un empujoncito y te animan a seguir. Esas personas por las que te das cuenta de que lo darías todo, que estarías dispuesto a saltar al vacío y arriesgarte.
Inmenso poder es el que ejercen con tan sólo su presencia; pues llega un momento en el que descubres que necesitas que estén cerca. Notar su roce aunque sea un segundo te lleva a un mundo aparte en el que nada más existe, donde todo lo demás no importa, desaparece.
Hay días en los que su presencia es incluso más intensa y te pierdes sin remedio; disfrutas de cada gesto, de cada momento. Y entonces te das cuenta de que esas personas no se encuentran fácilmente en la vida. Te aferras a ellas y tratas de que se queden abriéndoles las puertas, aunque sea poco a poco, para que entren a formar parte de tu día a día.
Para que sean el poder que ilumine tu vida.
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