domingo, 13 de enero de 2013

La prisión


Desde ayer estoy tratando de escribir algo y cuando me pongo frente al cuaderno, lápiz en mano, no soy capaz de empezar. No es porque no tenga nada que decir, oh no. Es más bien todo lo contrario. Tengo tanto que quiero decir, que quiero transmitir que no sé ni por donde comenzar. Pero vamos allá.

Es como cuando plantas una semilla y esperas ver el árbol crecer. El comienzo siempre es incierto. Lo riegas, lo cuidas y te preocupas al ver que no aparece en la superficie. Te empiezas a plantear si algo hiciste mal, si tal vez lo has ahogado con tus cuidados.

Pero de pronto, un día, cuando pensabas que todo había sido en vano, que tus atenciones no habían calado... aparece tímido en la superficie. Se asoma apenas unos milímetros pero sólo con eso sabes que puedes mantener la esperanza.
Pones todo tu empeño en que crezca fuerte y sano, te desvives a cada instante dándole todo cuanto está en tu mano para que, de una forma u otra, sepa que lo cuidas, que estás a su lado.
Y cada día es más y más grande. Se alza atrapando cada rayo de sol, buscando todo lo que le puedes ofrecer, te regala nuevas ramas que te llevan a lugares en los que se presentan nuevas perspectivas. Lo ves crecer y te hace más y más feliz.

Y entonces te das cuenta de repente. No sólo sus ramas crecen. Dentro, escondida bajo la tierra está la verdadera esencia. Ahí es donde estás atrapada. Es bajo tierra donde todo ha nacido, son sus raíces las que te han hecho presa de un abrazo que te envuelve y del que ya no puedes escapar.
Pero cuan grata es la prisión, pues no hay barreras, sino todo un mundo expandiéndose alrededor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario