Hace ya tiempo que esperas paciente en la cola para iniciar tu viaje. Llegado el momento de embarcar dos caminos puedes tomar: uno directo, rápido y sin tiempo de reacción; y otro pausado en el que contemplar y disfrutar todo lo que vaya a pasar.
Ves a la gente coger el cohete que les lleva hacia el sol y entonces sabes cuál será tu elección. Diriges tus pasos hacia la pequeña barca y, tras ocupar cada uno su lugar, emprende su rumbo. A tu espalda oyes el arranque del cohete y lo ves volar directo y veloz mientras tu te encuentras en un lago dando vueltas como las agujas de un reloj.
Miras a los pasajeros y los notas ansiosos y perdidos mientras el barquero hunde los remos. No hay atajo posible, pues el centro del lago no es más que un enorme remolino, pero tu no sientes miedo. Ante ti se alza un arco por las ramas de los árboles formado y, de pronto, caes al agua junto a los demás.
La fuerte corriente os arrastra hacia el arco y contemplas alarmada que el agua está envuelta en llamas. A tu alrededor uno a uno todos desaparecen con una sonrisa de paz y el barquero te indica que ese es sólo tu camino. Avanzas sin temor entre las llamas y cruzas el arco sin ser abrasada.
Para alcanzar tu destino debes ser valiente y poner siempre rumbo al horizonte.
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