en el cielo apareció
veloz y brillante
como un fuego que arde.
Sin pensarlo
seguí su camino
y a su guarida
me llevó.
Entre pasillos
sigo sus llamas
hasta llegar
a una pequeña sala.
En el centro,
bien protegido
está su comienzo:
el llameante huevo.
Sus guardias de marfil
me miran con interés
y muy cauta
rodeo la pequeña sala.
Ahora la llama
arde más intensa.
Quiero acercarme,
tocarlo, cogerlo.
Y, sin embargo,
aguardo y me siento.
Contemplo sus movimientos
y contengo el aliento.
En mil pedazos estalla,
y con nueva vida se alza.
Abre sus grandes alas
y entonces me mira.
De sus cenizas renace
más fuerte, más viva.
Con una intensa llamarada
el ave fénix me domina.

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